En toda organización existen perfiles diversos: colaboradores comprometidos, líderes inspiradores… y también aquellos compañeros que, lejos de sumar, restan. Hablar de los compañeros tóxicos no es señalar personas, sino describir conductas que erosionan el clima laboral, afectan la salud mental y, en última instancia, impactan directamente en la productividad de la empresa.
Como técnico investigador de Prevención de Riesgos Laborales, sostengo que uno de los errores más frecuentes en las organizaciones es minimizar el impacto de los riesgos psicosociales. No todo riesgo se detecta con un sonómetro o una evaluación ergonómica. Algunos se manifiestan en forma de queja constante, confrontación permanente, envidia, descrédito o presión hacia hábitos poco saludables. Y sus efectos no terminan al cerrar la puerta de la oficina, del almacén, de la fábrica.
Hay quienes han hecho de la queja un estilo de vida. La protesta constante es su identidad. Nada está bien: el proyecto, el cliente, el jefe, la estrategia, el horario, el café. La crítica constructiva es necesaria y saludable; la protesta permanente, en cambio, es contagiosa. Cuando la negatividad se convierte en rutina, el ambiente se vuelve denso, la motivación decae y el entusiasmo por innovar desaparece.
Pero, ¿quiénes son los trabajadores tóxicos? Agarraos que vienen curvas: el quejoso crónico; el gandul; el confrontador permanente; el envidioso desestabilizador; el manipulador; el irresponsable contagioso; el cínico destructivo; el generador de rumores; el líder tóxico; el promotor de hábitos nocivos fuera del trabajo.
Estos perfiles no buscan mejorar procesos, sino validar su inconformidad, su esterilidad, su pobreza personal. Y en ese ejercicio constante de desacreditación, minan la confianza colectiva y bloquean cualquier intento de avance.
Existen también quienes convierten cada decisión en un enfrentamiento. Tienen el conflicto como deporte diario. Cuestionar es sano; desafiar por sistema, no. La confrontación permanente genera tensión, desgaste emocional y una cultura de defensa en lugar de colaboración.
Trabajar en un entorno donde todo es batalla produce ansiedad, hiperalerta y miedo a equivocarse. A largo plazo, esto no solo afecta el bienestar individual, sino que inhibe la creatividad y ralentiza la toma de decisiones.
Otro rasgo común es la envidia y que disfrazan como crítica. Se manifiesta en comentarios sutiles, comparaciones constantes o intentos de minimizar los logros ajenos. En lugar de celebrar el éxito de un compañero, lo cuestionan o lo ridiculizan.
Este tipo de actitud rompe la cohesión del equipo. Cuando los logros dejan de ser compartidos y pasan a ser motivo de sospecha, el clima laboral se fragmenta y la colaboración se sustituye por competencia tóxica.
El problema no siempre termina al salir del trabajo, tenemos que hablar de las “malas influencias” fuera de la oficina. Estos si que son un enemigo a batir. Hay compañeros y compañeras que buscan arrastrar a otros a dinámicas poco saludables: excesos constantes, promiscuidad patológica, hábitos nocivos, o comportamientos que afectan el rendimiento. Bajo la apariencia de camaradería, pueden promover estilos de vida que impactan la energía, la claridad mental y la responsabilidad profesional.
Cada persona es responsable de sus decisiones, pero el entorno influye. Y cuando esa influencia se orienta hacia el deterioro personal, las consecuencias terminan reflejándose en el desempeño laboral y en su familia o pareja.
La exposición continua a este tipo de conductas tiene efectos reales: estrés crónico, agotamiento emocional, pérdida de motivación y disminución del compromiso. El talento no suele huir de las empresas; huye de los entornos tóxicos y también destruye familias.
Cuando el clima laboral deteriora el descanso, la paciencia y la estabilidad emocional, la familia también sufre las consecuencias. La prevención no puede ignorar que el trabajador es una persona integral, no un recurso aislado. Os sorprendería leer clínicas que por motivos que se me escapan desconozco la imposibilidad del facultativo para reflejar: "reactivo laboral"
Además, la negatividad constante consume tiempo y energía que podrían invertirse en innovación, aprendizaje o mejora de procesos. La empresa paga un precio silencioso: baja productividad, rotación de personal y deterioro de la cultura organizacional.
La literatura científica respalda esta preocupación. Un estudio clásico de Christine L. Porath y Christine M. Pearson, publicado en la Academy of Management, demostró que la exposición a comportamientos incívicos en el trabajo reduce significativamente la concentración, la motivación y la productividad, además de aumentar la probabilidad de errores.
Asimismo, investigaciones sobre el modelo Demanda-Control-Apoyo Social de Robert Karasek evidencian que entornos con bajo apoyo social y alta tensión relacional incrementan el riesgo de problemas cardiovasculares, ansiedad y depresión.
Desde la prevención, estos datos no son teoría: se traducen en bajas laborales, rotación de personal y deterioro del clima organizacional.
España atraviesa actualmente un momento delicado en términos de salud mental. Diversos informes epidemiológicos señalan que alrededor del 34 % de la población declara tener problemas de salud mental, una cifra que está por encima del promedio de países comparables.
Este deterioro se explica por múltiples factores: estrés elevado en la vida cotidiana —emocional, económico y social— aislamiento, inseguridad laboral, sobrecarga de responsabilidades familiares y la propia angustia asociada a la incertidumbre global. Todo ello se traduce en más consultas por malestar psicológico y mayor demanda de atención.
Un reflejo claro de esta situación es el elevado consumo de psicofármacos en España. Hoy en día, millones de personas toman ansiolíticos, antidepresivos o hipnóticos de forma habitual: las cifras disponibles muestran que en torno a 4,5 millones utilizan ansiolíticos y casi 4,6 millones antidepresivos a diario, con incrementos importantes en la última década. Estas cifras sitúan a España entre los países de Europa con mayor consumo de este tipo de fármacos, lo que sugiere que la medicalización de problemas psíquicos es un fenómeno extendido.
Este contexto general debe hacernos preguntar seriamente: ¿Qué estamos haciendo como sociedad para atender el origen del malestar? ¿Estamos medicalizando sufrimiento que nace también de entornos laborales y relacionales tóxicos?
El empleador tiene la obligación legal y ética de evaluar e intervenir ante riesgos psicosociales. La inacción frente a conductas reiteradamente dañinas no es neutralidad: es permisividad.
Sin embargo, cuando la empresa no actúa, el trabajador no puede permanecer indefinidamente expuesto.
Personalmente, si yo fuera gerente o jefe de personal de una empresa, no me temblaría el pulso al adoptar medidas disciplinarias, o incluso proceder al despido, ante un “tumor” con esta sintomatología. No solo debe primar el beneficio de la empresa; como persona, también tengo la responsabilidad de velar por el bienestar colectivo.
Desfilando, que es gerundio…
Desde la prevención, la salud es prioritaria.
Si la organización no adopta medidas, es necesario aplicar autoprotección:
1° Ser tajante. No normalizar la falta de respeto ni la negatividad constante.
2° Practicar la asertividad. Comunicar de forma clara qué conductas no se van a tolerar.
3° Establecer límites firmes. Reducir la interacción a lo estrictamente profesional.
4° Cortar de raíz la exposición innecesaria. Si la salud se está viendo afectada, valorar seriamente el cambio de entorno.
Puede parecer una decisión drástica, pero en prevención aprendemos una máxima clara: el riesgo que no se controla, ese "tumor" que citaba antes, se elimina. Y si no puede eliminarse desde la organización, debe eliminarse desde la decisión personal.
Cuando el estrés laboral empieza a afectar tu descanso, tu carácter y la estabilidad de tu familia, ya no estamos ante un simple conflicto interpersonal: estamos ante un problema de salud.
Y la salud —propia y familiar— no es negociable.
AUTOR: ALEJANDRO LÓPEZ CALVIÑO
POLICÍA LOCAL
Técnico Superior (tres especialidades) y perito judicial en PRL.
Experto en Seguridad Vial. Investigador de Incendios y Explosiones.


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